viernes, 8 de mayo de 2015

Taller Nº 3: ESCUCHANDO E IMPROVISANDO MI COMPRENSIÓN VOY MEJORANDO




I.E.D Concentración Cevillar






Fragmentos de la novela “El amor en los tiempos del cólera” de Gabriel García Márquez

Primer Fragmento:
 
“El reverendo Lynch no tenía una vida regular, se iba en cualquier momento en su mula cargada por un lado de biblias y folletos de propaganda evangélica, y cargada de provisiones por el otro lado, y volvía cuando menos se pensaba. Otro inconveniente era la escuela de enfrente, pues los niños cantaban sus lecciones mirando hacia la calle por las ventanas, y lo que veían mejor era la casa de la acera opuesta, con las puertas y las ventanas de par en par desde las seis de la mañana, y veían a la señorita Lynch colgando la jaula en el alero para que el turpial aprendiera las lecciones cantadas, la veían con un turbante de colores cantándolas ella también con su brillante voz caribe mientras hacia los oficios de la casa, y la veían después sentada en el porche cantando sola en ingles los salmos de la tarde, Tenían que escoger una hora en que no estuvieran los niños, y solo había dos posibilidades: en la pausa del almuerzo, entre las doce y las dos, que era cuando también el doctor almorzaba, o al final de la tarde, cuando los niños se iban a sus casas. Esta última fue siempre la mejor hora, pero ya para entonces el doctor había terminado sus visitas y disponía de pocos minutos para llegar a comer en familia. El tercer problema, y el más grave para él, era su propia condición. No le era posible ir sin el coche, que era muy conocido y debía estar siempre en la puerta. Hubiera podido hacer cómplice al cochero, como casi todos sus amigos del Club Social, pero eso estaba fuera del alcance de sus costumbres. Tanto, que cuando las visitas a la señorita Lynch se hicieron demasiado evidentes, el propio cochero familiar de librea se atrevió a preguntarle si no sería mejor que volviera a buscarlo más tarde para que el coche no estuviera tanto tiempo estacionado en la puerta. El doctor Urbino, en una reacción extraña a su modo de ser, lo corto de un tajo:
- Desde que te conozco es la primera vez que te oigo decir algo que no debías -le dijo-. Pues bien: lo doy por no dicho.” (Pág. 325,326)

Segundo Fragmento:

Había olvidado que una vez tuvo un loro de Paramaribo al que quería como a un ser humano, cuando lo oyó de pronto: "Lorito real". Lo oyó muy cerca, casi a su lado, y enseguida lo vio en la rama más baja del mango.
- Sinvergüenza -le grito.
El loro replico con una voz idéntica:
- Mas sinvergüenza serás tú, doctor.


Siguió hablando con el sin perderlo de vista, mientras se puso los botines con mucho cuidado para no espantarlo, y metió los brazos en los tirantes, y bajo al patio todavía enlodado tanteando el suelo con el bastón para no tropezar con los tres escalones de la terraza. El loro no se movió. Estaba tan bajo, que le puso el bastón para que se parara en la empuñadura de plata, como era su costumbre, pero el loro lo esquivo. Salto a una rama contigua, un poco más alta pero de acceso más fácil, donde estaba apoyada la escalera de la casa desde antes que vinieran los bomberos. El doctor Urbino calculo la altura, y pensó que con subir dos travesaños podía cogerlo. Subió el primero, cantando una canción de cómplice para distraer la atención del animal arisco que repetía las palabras sin la música, pero apartándose en la rama con pasos laterales. Subió el segundo travesaño sin dificultad, agarrado de la escalera con ambas manos, y el loro empezó a repetir la canción completa sin cambiar de lugar. Subió el tercer travesaño, y el cuarto enseguida, pues había calculado mal la altura de la rama, y entonces se aferró a la escalera con la mano izquierda y trato de coger el loro con la derecha. Digna Pardo, la vieja sirvienta que venía a advertirle que se le estaba haciendo tarde para el entierro, vio de espaldas al hombre subido en la escalera y no podía creer que fuera quien era de no haber sido por las rayas verdes de los tirantes elásticos.
- ¡Santísimo Sacramento! -grito-. ¡Se va a matar!
El doctor Urbino agarro el loro por el cuello con un suspiro de triunfo: qa y est. Pero lo soltó de inmediato, porque la escalera resbalo bajo sus pies y él se quedó un instante suspendido en el aire, y entonces alcanzo a darse cuenta de que se había muerto sin comunión, sin tiempo para arrepentirse de nada ni despedirse de nadie, a las cuatro y siete minutos de la tarde del domingo de Pentecostés.” (Pág. 65,66).




Responde:


1. ¿Qué objetos usó el doctor Urbino para tratar de atrapar al loro?

2. ¿Cómo se llamaba la Sirvienta del doctor Urbino?

3. ¿Cuantos peldaños de la escalera subió el doctor Urbino?

4. ¿A qué hora y que día se cayó el doctor Urbino de la escalera?

5. ¿Qué repartía el Reverendo Lynch en su mula?

6. ¿Cuáles eran las dos posibilidades que tenía el doctor Urbino para poder visitar a la señorita Lynch?

7. Utilizando los mismos personajes y las mismas escenas del fragmento anterior escribe un guion teatral alterando las acciones.



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